domingo, 18 de octubre de 2009

Azul sublingual


A algunos les resultará difícil entender como puedo sentir nostalgia y a veces hasta añoranza de aquellos días de ojos hinchados, pensamientos difusos y espejos estrellados contra la pared, estos últimos perfectas armas caseras, cuando reinventaba la variedad de opciones para el suicidio perfecto, ya saben, la escena prefabricada,la habitación en desorden, la carta donde no se culpa a nadie pero entre líneas y chantajes emocionales se asoman comentarios intencionalmente dirigidos a provocar el remordimiento de aquellos que si bien no se opusieron tampoco colaboraron con mi felicidad, hasta entonces nadie me había avisado de un modo mas provechoso de usar la particular imaginación de que era poseedora.

En esos días ante la preocupación de mi madre, mis intentos fallidos y la evidente extinción de espejos y demás objetos rompibles en casa, fuí arrastrada hasta el consultorio del eminentísimo psiquiatra , que en palabras de mi madre “Saco de las sombras” al hijo soltero y cuarentón de la prima del abuelo del cuñado de una mujer de muy extraño aspecto que mi madre conoció días atrás en la fila de uno de uno de esos trámites burocráticos, mientras intentaba corregir el nombre de la abuela en su acta de nacimiento expedida muchos años atrás en el antiguo San Bartolito, cabe mencionar que a la Abu la sepultamos hace mas de 7 años, mi madre y su obsesión por corregirlo todo, incluso a mí.
Pero volvamos al punto, heme ahí, en ese enorme consultorio, con altas paredes en verde sobrio, con diplomas y reconocimientos colgados en ellas, luz tenue, un ostentoso escritorio de madera con un cristal transparente encima, un tarjetero, demasiado serio para mi gusto, una pelota de béisbol montada sobre una base metálica, muchos papeles en carpetas y una de esas figurillas de metal móviles que se balancean de un lado a otro guardando el equilibrio y que jamás se detienen .
-Pues bien- me dijo -Comencemos con el motivo que te trajo aquí- como si no supiera que iba a decir eso, todos los médicos inician cualquier consulta con esa frase requemada, dicho eso sacó de su cajón un interesante reloj de arena y volteándolo lo puso sobre la mesa, debo confesar que mi primer encuentro con ese reloj fue agradable, tengo un particular gusto por las cosas antiguas.
No recuerdo bien sus palabras de ese día pero recuerdo haber observado con curiosidad casi infantil como los granitos de arena bajaban y armonizaban con el tic-tac del reloj de péndulo colgado en la pared detrás de mí, también hermoso por cierto.
Asistía semanalmente a mi consulta, me sentaba una hora a observar granitos de arena y escuchar el reloj y otros ruidos que venían de afuera. Los pacientes que esperaban su turno a veces tenían conversaciones muy interesantes, cuando no conseguía escuchar bien fruncía el seño y giraba un poco mi cabeza, al doctor parecía gustarle eso, seguro sentía que estaba prestándole mas atención a sus palabras en ese momento. Sinceramente me parecía una manera absurda de desperdiciar el dinero, tranquilamente podía quedarme en la salita de espera por una hora escuchando fascinantes conversaciones de gente trastornada y sin pagar un centavo, lo único que sacrificaría sería la emoción de adivinar a quien pertenecen las voces al salir del consultorio, verlos a todos mirarme mientras yo trataba de adivinar quien era la del marido infiel, o quien el de los vecinos recién casados que no le dejan dormir 3 veces por semana.
Y es que no podía evitarlo, no podía creer que un ser de genero opuesto al mío, que me doblaba la edad, que soportaba estar rodeado de paredes verdes y que mantenía el tiempo de cada paciente bajo presión auditiva y visual no con uno si no con dos relojes a la vez, podía realmente entender lo que me pasaba en aquel momento y ayudarme.

Ni yo misma podía entender mi hartazgo por la vida, mi injustificado cansancio, la repentina tristeza y esas ganas de llorar de la nada. Había un vacío.
Solo bastaba decir que estaba mejor y asentir con la cabeza mientras él hablaba para salir bien librada cada día. Nadie podía ayudarme.

Un día para fortalecer mi “mejora” el doctor decidió agregar unas pastillas a mi tratamiento, pensé que era innecesario pero eso podía liberarme de asistir al consultorio de manera tan frequente, ahora podría argumentar que de sentirme mal una de esas maravillosas pastillas me ayudaría a salir adelante.
La primera noche con las pastillas en mi mano las observe por largo tiempo, debo confesar que la idea de ingerirlas todas de golpe paso por mi mente pero a decir verdad ya me estaba cansando del drama de los intentos suicidas que hasta ahora no me había dado nada de lo que esperaba.
Tomé la pastilla y la coloque debajo de mi lengua como indicaba la receta, era grande, azul y se deshacía lentamente integrándose con mi saliva, era de un dulce suave, por momentos ácida, poco a poco me fué invadiendo todo la boca, fuí sintiendo como su efecto empezaba a llegar a mi cabeza, de pronto todo era ligero, mis manos, mis brazos, una cosquilla deliciosa me invadía todo el cuerpo de a poquitos, comencé a sudar, el cosquilleo en mi cuerpo se torno sensual, como si unos dedos húmedos se deslizaran despacito por mi estomago descubierto, llegaran hasta las piernas, fueran y vinieran como viento rozando mi piel sutilmente, no dejaba de moverme en la cama con los ojos cerrados o en blanco, no lo sé, ¡que sensación tan maravillosa! Me sentí plena, en ese momento no importaba nada, ni el reloj de arena, ni los espejos rotos, ni mi madre, pensando un poco no podía encontrar ninguna razón para seguir deprimida, la vida parecía hermosa, todo lo que tocaba y veía parecía estar hecho de algodón, todo era acariciable, besáble, mordible y azul como las pastillas, no dejaba de pensar en la posibilidad de que una pastilla mas podría hacerme sentir doblemente plena, lo dude un poco antes de tomar la segunda en mis manos pero esta vez no la puse debajo de la lengua si no que la acaricie con ella, lamiéndola suavemente y así todas, una a una disfrutándolas cada segundo como un orgasmo lento y prolongado, pensaba todo el tiempo en el momento del éxtasis total, cada segundo me aproximaba mas y mas, todo mi cuerpo temblaba, el azul me invadía irremediablemente, mi respiración estaba cada vez mas cortada, algo quería salir desesperadamente de dentro de mi y liberarme, sentí que nacía en mis intestinos y subía lentamente por mi estomago, se agolpaba en mi garganta, empujaba mas fuerte cada vez, cuando ya no tuve mas valor para contenerlo, salió un desesperado grito final que cimbró las paredes de mi casa, las del vecino, incluso, la propia tumba de la abuela y hasta las paredes de las casas del mismo San Bartolito, el grito atrajo a mi madre inmediatamente, ella se quedo de pie junto a al puerta sin hablar, y ahí estaba yo, en la cama tirada, mojada en sudor, sin una escena prefabricada, sin una carta de esas que no culpa a nadie, sin pastillas, sin vida.
Escrito : Mayo 2009

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