
Espero sentada, por suerte, al fondo de un largo túnel oscuro un par de luces diminutas acercándose a gran velocidad acaparan mi atención, de pronto el ruido de la multitud apresurándose a ganar un lugar cerca de la puerta me distrae de ese breve momento de abstracción. El sonido se hace de nuevo.
Se abren las puertas y una marejada de gente se enreda y confunde en el entrar y descender del vagón, típico desorden generado por consciencias individualistas, ciegas a la presencia y necesidades de otros.
Finalmente estoy dentro, luego de encontrar un sitio, no podría decir adecuado, para sobrellevar el viaje, mis ojos comienzan a vagar alrededor.
Descubro una variedad infinita de texturas y colores de piel, miradas de ojos grandes, unos cansados, irritados, otros despiertos, de colores, cuellos sudorosos, caras brillantes.
El evidente cansancio de una mujer embarazada que se acaricia el vientre mientras lanza un grito apaciguando a dos niños que pelean por el lugar junto a la ventana me contagia invadiéndome con la necesidad de un asiento vacío.
Al fondo del vagón una pareja de adolescentes se besa despreocupadamente, se rozan la piel con las manos sucias, probablemente olorosas a pasamanos de transporte público, pero no parece importarles.
La mágica experiencia de conocer tan diversos personajes, se ve interrumpida al percatarme de una desagradable sensación sobre mi mano derecha sujetada al tubo metálico al igual que otras cinco o seis más, volteo la cara lentamente, es una húmeda y tibia respiración que no viene sola, la acompaña una mirada furtiva dirigida al brevísimo orificio que se forma con el último botón de mi blusa ajustada a la altura del pecho, y una sonrisa a medias que sutilmente sugiere algo que no puede provocarme sino repulsión.
Ya no puedo volver a mi momento de apreciación en aquellos personajes.
A las diez en punto un hombre con tatuajes en el cuello y manos, se busca algo apresuradamente entre la chamarra y observa alrededor, yo presiono mi bolsa contra mi.
Otra mirada insistente a la parte trasera de mis pantalones hace subir la tensión.
Llegamos a otra estación, el vagón esta a reventar, aún así suben alrededor de diez personas, la situación se “comprime”, las puertas intentan cerrarse inútilmente, una vez, dos veces, en la tercera corren con suerte y a fuerza de empujones, lo logran.
El aire limpio no existe aquí dentro, y el poco “sucio” existente parece esfumarse conforme las puertas de cierran.
¿Cuántas estaciones más?, ¿Cuántos minutos por cada estación?
La pareja al fondo sigue besándose, pero mi visión no es ya tan clara, me siento acosada por cada persona que me dirige una mirada. El calor sube.
Al parar en la siguiente estación se puede observar que llueve afuera, aquella frescura se ve tan lejana.
Las puertas se cierran de nuevo y la única humedad aquí es cada vez más asfixiante y esta combinada con toda clase de olores.
¿Cuántas más?
Hago la operación mental sin lograr ver la ruta publicada en la pared junto a la puerta.
La presión me ahoga, las puertas se abren, la gente pasa a mi lado, empujan, me rozan, salen, entran, yo ya no distingo el nombre en el aviso de la estación, solo recuerdo que es naranja donde debo bajar, estación naranja, una más, ahí seré libre de nuevo.
El minuto mas largo pasa frente a mis ojos, me respira en la mano, observa insistentemente la parte trasera de mis pantalones, me amedrenta con un arma oculta en la chamarra, me provoca asco con besos sudorosos y caricias malolientes.
¡No puedo más!
Otro segundo y estaré tirada inconciente a merced de todo lo que me acecha, debo mantenerme en pie un poco más.
Solo un poco más.
Naranja por fin, las puertas vuelven a abrirse, con las pocas fuerza que me quedan lucho contra la ola de gente me que empuja hacía adentro. Mi pie izquierdo siente el aire fuera del vagón, empujo con más fuerza, toda la que me resta, alcanzo a mirar la luz, ya falta poco, la gordura de una mujer de alrededor de cincuenta años me impulsa de golpe. ¡Soy libre! Completa miro hacía atrás y a los lados asegurándome que nadie me siga, con un renovado valor subo corriendo las escaleras y me alejo rápidamente como quien huye de un pasado que necesita olvidar.
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